Anoche, aunque había dormido sólo 4 horas la noche anterior, no podía pegar ojo. Así que vi
Slumdog Millionaire, de mi idolatrado Danny Boyle. Realmente es una película sin más, con un actor protagonista cuyo único y remarcable trabajo anterior era el de un adolescente musulmán drogodependiente y obsesionado con perder la virginidad en la serie
Skins.
Con 10 nominaciones a los Oscars, esperaba algo más del director de Trainspotting y Millones entre otras, pero por lo visto el hacer una película sentimentaloide y dura con actores desconocidos y largas escenas en Hindú no es precisamente una buena estrategia para mantener al espectador interesado en la trama.

Si la hubiera dirigido Spike Jonze seguramente no podría haber sido mejor, como así lo demuestran sus 13 nominaciones, entre ellas Mejor Película y Mejor Actor. David Fincher, famoso por haber trabajado ya con Brad Pitt en Se7en y El Club de la Lucha, nos presenta la peculiar vida de un personaje sacado de una novela corta de F. Scott Fitzgerald: Benjamin (interpretado por Pitt), que nació con la apariencia física de un anciano de 70 años.
Al igual que la pequeña historia introductoria del principio de la película, Benjamin retrocede por las etapas de su vida fisiológica a la par que el reloj de Mr. Cake en la estación central de Nueva Orleans.
Su vida es contada de forma retrospectiva por medio de su diario, relatando los cambios que sufre a lo largo de los años en su cuerpo, como una adolescencia al revés, y la dificultad de ver cómo conforme sus seres queridos van envejeciendo, él rejuvenece paulatinamente.
Personalmente me ha encantado, al final me pasó lo que siempre dicen cuando una película te llega, que te da pena separarte de los personajes.
Y más aún cuando el personaje en cuestión es tan único, fantástico y entrañable a la vez.