Todos los días con el tranvía, Muireann pasa por un puente que sobrevuela la autovía. Le gusta mirar hacia la izquierda siempre que se acuerda, para poder tener una vista panorámica de la ciudad y las montañas que la rodean.
Según el momento del día, esta puede estar cubierta por una niebla espesa que con las horas va desapareciendo, o completamente bañada por el sol, o a veces ve el monte rozando las nubes que descargan su contenido condensado sobre el valle.
Había pasado mucho tiempo fuera, pero ahora que ha vuelto a sentirse "de aquí", se daba cuenta de que la mayor parte de su vida la había pasado entre ese pequeño laberinto de calles y bloques que ahora podía ver entero en menos de un segundo a vista de pájaro. Tantísimas horas, tantos paseos, fiestas, momentos tristes, conversaciones increíbles, botelleos, enfados, recados, compras, experiencias en general... Todo. Todo había ocurrido casi a ciencia cierta en esa pequeña cuadrícula irregular de callejuelas y edificios salpicada de parques y plazas de formas redondeadas.
La mayoría de la gente que en algún momento había significado algo para Muireann había pasado una cantidad de tiempo considerable en esta ciudad. Habían vivido ahí varios años aunque no lo hicieran ya, o seguían por ahí sin perspectiva de cambiar de aires. Todas esas personitas que se habían movido en algún momento de manera errática con un movimiento browniano de un local a otro, de un parque a la otra punta del núcleo urbano, de un cine a una cervecería con o sin patrón definido, habían tenido un vínculo con la ciudad de una forma u otra. Lo cual hacía que, cuando miraba la estampa desde el tranvía, pensara de golpe en un cúmulo de recuerdos que había compartido con toda esa gente, aunque ya no formaran parte de esa película independiente dirigida por Harmony Korine que era su vida.
"Por una vez, no pienso en la parte negativa", reflexionó, "me quedo con los momentos bonicos que he pasado en esta ciudad".


