Tuesday, 5 August 2014

Memphis, 8 de marzo de 1946

– Bueno -dijo el gato-, siendo así, estoy dispuesto a hacerte ese favor, aunque no sé por qué digo «siendo así» cuando no comprendo nada en absoluto.
– Eres muy bueno -dijo el ratón.
– Mete la cabeza en mi boca -dijo el gato- y espera.
– ¿Habré de esperar mucho? -preguntó el ratón.
– El tiempo que tarde alguien en pisarme la cola -dijo el gato-; me hace falta un reflejo rápido. Pero yo la dejaré extendida, no tengas miedo. 
El ratón separó las mandíbulas del gato y metió del todo la cabeza entre los agudos dientes. La retiró casi inmediatamente.
– Dime, ¿has comido tiburón esta mañana? -dijo el ratón.
– Escucha -dijo el gato-, si no te gusta esto, te puedes largar. A mí este asunto me carga. Te las tendrás que arreglar tú solo.
Parecía enojado.
– No te enfades -dijo el ratón.
Cerró sus ojillos negros y volvió a colocar la cabeza. El gato dejó caer con precaución sus caninos acerados sobre el cuello suave y gris. Los bigotes negros del ratón se confundían con los suyos. Desenroscó su espeso rabo y lo dejó arrastrar por la acera.
Llegaban, cantando, once niñas ciegas del orfelinato de Julio el Apostólico.

- "La espuma de los días", segmento 67, Boris Vian